Es cierto que ciertos temas no pueden abordarse sin que hayan provocado, más allá de un llamado a la conciencia, un verdadero choque a nivel del ánimo. Esto explica por qué, si bien nadie tolera la crueldad hacia los animales abandonados, son pocos los que sentirán real culpa y remordimiento por no hacer nada frente a ello, mientras que el grueso de la gente más bien pasará de largo sintiéndo un poco de lástima. Cuestión totalmente diferente si en vez de animales en la calle hablamos de personas. Y diametralmente diferente si esas personas son, de un lado, campesinos quechuahablantes que viven dos cerros más allá del fin del mundo, una estadística en los índices de desnutrición o gente como uno que vive en la ciudad y se siente el reflejo de lo que la sociedad considera bueno. Los grados de conmoción que se generen están condicionados por qué tanto se identifique uno con el sujeto del problema en cuestión, la compasión es optativa en todos los casos, y un poco de empatía es requisito para ella.
Para todos aquellos que buscan vivir de sus pasiones, este asunto de sentirse afectados casi permanentemente por lo que contemplan es necesario para poder mantener viva esa pasión. La afectación tiene que trascender el campo de lo razonable y llegar, de alguna forma, a mover también emocionalmente a la persona, sin que esto signifique que lo que no llegue directa e irracionalmente al sentimiento no sea válido, sino que, por el contrario, lo que llega al sentimiento desde la razón es lo que mejor arraigo tiene para mantenerse vivo en ambos campos. Cuando esto no pasa, hablamos de cuestiones efímeras. Y cuando pasa, hablamos de afectos, esto es, de las pasiones que llegan al ánimo.
Hay campos que, ya sea por su alta abstracción o por su necesaria concreción física, resultan menos pasibles de generar algún tipo de afectación anímica. Por ejemplo, la construcción de un edificio no necesita ningún tipo de sentimiento para ser llevada a cabo. ¿Qué vincularía al ingeniero a sentir por ese edificio algo más allá del cariño típico de toda persona por las obras propias? ¿Habría algo que los obreros involucrados valorasen en ese edificio más allá del salario que estan recibiendo? Lo único que podría responder esas preguntas tendría que ligarse a los fines trascendentes de ese edificio, que vendrían a ser, a modo de ejemplo, las personas que lo habitarán. La vinculación real con la obra existe en tanto se halle un elemento con el que se pueda identificar una causa trascendente. Por eso mucha gente que quiere hallar la justicia busca estudiar derecho.
Bien sabido es que basta con poner un cartel que diga "abogado" para recibir un baño directo de la realidad circundante y de sus problemas objetivos. Esto sería suficiente para considerar al derecho una de las carreras más humanas en el mercado laboral, y sin embargo, el estigma del abogado es ser considerado todo lo contrario, porque más allá del sentimiento que pueda generarse en la experiencia directa, el estudio del derecho requiere de una abtracción impersonal y fría primordialmente, a pesar de que el recordatorio permanente debería ser que todas esas cuestiones redundan en la vida de las personas. Por eso la práctica del derecho resulta un vínculo válido entre la realidad y los afectos, mientras que su estudio deviene en una de las deformaciones profesionales más usuales o más estereotipadas, que es ver a la persona como quien debe servir al derecho,y no viceversa.
Tema diferente es dedicarse al estudio de otros temas, usualmente filosóficos, porque a la persona promedio le generan, en tiempos variables, crisis existenciales de diferentes magnitudes, una vez se logra el contacto entre la abstracción con la que se esté trabajando, que es usualmente metafísica, y algún tema personal, o cuando esa abtracción logra hacerse un nicho en el fuero interno. Ahí es cuando te vas de cara contra algo que solo quieres solucionar para tu tranquilidad, porque la conmoción es tal que, a pesar de que el problema no tenga ninguna relevancia en el plano práctico, y de hecho, ninguna existencia si no la metafísica, llega a afectar el plano físico de la existencia del pobre diablo que se llena la cabeza con esas cosas. Esa es una vía rápida para alguna forma, controlable en la mayoría de los casos, de locura.
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