jueves, 21 de febrero de 2013

Ser extraño, ser extranjero


A modo de perogrullada previa, esta sigue siendo una sociedad con unos muros invisibles tan densos que parecen imposibles de penetrar. Las barreras de piel y plata que todo el mundo conoce y franquea a diferentes niveles. Por no hablar de las de sexo, que significa que ser mujer a grandes rasgos es ser casi un objeto desprotegido en la calle. Yo no crecí en Lima ni absorbí los modos de comportamiento que se supone te garantizan la supervivencia. Las cosas básicas aparecen por inercia, como lo de voltear los ojos para que el mendigo de la esquina se vuelva invisible y no tener que ver su cara de miseria, o lo de mirar por la ventana o hacerse la dormida si el ambulante se te acerca demasiado en la combi.
Dos veces me ha pasado el curioso evento de traspasar esos muros, las dos veces en una combi. La primera vez estaba regresando a mi casa un domingo por la tarde, sentada al fondo a dos asientos de un papá cargando a su hijo. De alguna forma, entre saltar en los baches de las pistas malogradas, empezamos a hablar del tema de moda de ese momento: echarle la culpa a Villarán hasta por el mal clima. Después de un par de rondas de baches más, me contó que regresaba de la playa con su hijo, que habían aprovechado el sol porque eso siempre es cosa rara en Lima. Le conté que regresaba de la casa de mi abuela, y seguimos hablando un par de cuadras sobre banalidades y luego intercambiamos nombres nada más por cortesía.
La segunda vez fue un martes en hora punta, yo salía a hacer mis asuntos y subió un señor cincuentón a vender chicles a cincuenta o tres por un sol. Yo le compré dos porque no tenía más sencillo, y conversamos un rato, no me acuerdo de qué. Intercambiamos nombres, nos deseamos suerte mutuamente y me bajé y él siguió vendiendo chicles. Si de por sí es raro conversar con gente desconocida, aún si es en un ambiente casi controlado como es la combi, sin que te asalten ni nada por el estilo; más rara me parece la pregunta que me hicieron los dos casi antes de despedirnos. Me preguntaron de qué país era.
No era en ningún caso la primera vez que me hacían esa pregunta, y tampoco ha sido la última. Después de crisparme, renegar un poco por la pregunta y asustar a los pobres hombres les tuve que contar que yo también soy una migrante que vino a Lima a ver si por acá había mejor futuro, casi como ellos. Casi porque a las finales, ya estoy muy vieja como para tener un hijo a la edad que calculo Guido tuvo el suyo, y porque  de momento no veo que vaya a vender nada en una combi como el señor Jeferson.
Quiero inclinarme a creer que el gesto de entablar conversación, que a mí me parece tan normal siendo peruana, a ellos les es tan insucitado que había que confirmar lo extraño de la situación asumiendo que yo era extranjera. Después leer ciudadanía, democracia, representatividad, el Perú avanza, gran transformación y demás propaganda estatal y tratados académicos, resulta que lo que tienen en común es que en el ciudadano de a pie calan lo mismo. Al fin y al cabo, no podemos hablar de ninguna ciudadanía plena si gestos tan nimios en términos objetivos resultan siendo tan grandes, y, lo más grave, tan pensados como ajenos.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Evolución de la princesas de Disney (I)

No sigo con mucho ánimo ninguna película de Disney, pero el otro día oí en la calle a una señora renegando de la princesa marimacho, Mérida, de Valiente, y me dio un poco de curiosidad. No he conseguido ver la película pero, teniendo en cuenta la escuela de las princesas de Disney, esta arquera pelirroja podría ser el estadío final de los modelos de feminidad que las ultimas generaciones han venido comiendo casi junto con la leche materna. Para esto, partamos de la base de que Disney y sus películas lleva influenciando tres generaciones en Gringolandia y cuanto menos dos en el resto del mundo.
Hay once princesas de Disney, desde Blancanieves hasta Mérida. En el intervalo hay una suerte de camino hacia la emancipación femenina que me ha parecido bastante interesante, aunque salir a la calle y ver cuáles son las princesas que más se venden en mochilas, loncheras, stickers y cuadernos da qué pensar con respecto a cómo se va asimilando ese camino. Esta vez haré un recuento rápido de estas, las más populares, que coincidentemente son las cinco primeras.
Partamos desde el inicio. Las cinco primeras princesas son adaptaciones de cuentos tradicionales europeos, bastante fieles a las versiones originales salvo por los finales brutales, que son reemplazados por el final feliz y sin sangre. Las dos primeras, Blancanieves y la Cenicienta, son absolutamente pasivas con respecto a su vida, y no tienen más motor que la inercia. Las dos siguientes, Aurora, la bella durmiente, y Ariel, la sirenita, tienen una cierta iniciativa, pero toda la curiosidad que muestran es reprimida y al final las dos terminan igual que las anteriores, casadas con el príncipe y felices para siempre.
El cambio empieza con Bella, la que se queda con la bestia. Para empezar, el contexto: Bella y su padre viven en la Francia de finales del Ancien Régime. El papá es el científico loco que le ha enseñado a su hija a leer y cosas por el estilo, y le deja suficiente libertad de decidir ir prisionera con la bestia. Bella es la última de las princesas tradicionales, y la última europea hasta Rapunzel, que aparece veinte años después.
Las siguientes princesas ya no son blancas y hacen más por enrumbar sus vidas. De hecho, Pocahontas y Mulán incluso luchan por sus pueblos, Jazmín contra el orden social y Tiana, no menos, por sus metas personales. Y de paso se enamoran. El hecho de que las más vendidas sean las más tradicionales da qué pensar respecto al consumo de modelos. Las que más se venden siguen siendo las que representan roles de las que las siguientes princesas se emancipan, y se me ocurre que en una sociedad altamente pigmentocrática como la peruana tiene mucho que ver el color de la piel antes que lo que representa un modelo de feminidad. Al final de cuentas, son un par de ONGs y una bola de caviares los que hacen todas las campañas con respecto a la emancipación femenina; y son un puñado de dibujantes los que haga aparecer en sus historias alguna princesa inca o preinca, pero estos comics, de existir, no tienen ninguna resonacia. Así estamos.