martes, 6 de agosto de 2013

Los anclajes de la fe

Hoy conversé con la profesora de filosofía del colegio de mis hermanos. Es la madre superiora de una órden de monjas misioneras y entiende bastante bien la importancia de las disciplinas inútiles. ara lo que nos importa ahora, digamos que está bastante asombrada de la vivencia de la espiritualidad de mi familia. Vivencia que ni me va ni me viene, pero que les sorprende en un mundo en el que está tan diluída. Naturalmente, me las arreglé para no tener que hacer ninguna declaración en primera persona y conversamos durante casi una hora.
Desdepués de darle un par de vueltas a lo que es enseñar filosofía a una bola de chibolos sin el más mínimo interés caímos en el tema de su fe. Me contó de sus ocho hermanos, de sus dos hermanas monjas y de sus tres hermanos casados por la iglesia con fe en el sacramento. Los tres menores, a pesar del ambiente fuertemento religioso de la casa, resultaron bastante más descreídos. A la monja le preocupa lo débil de la espeiritualidad de sus sobrinos por la obvia trascendentalidad de su propia vivencia de lo espiritual, y esto nos lleva directamente al punto importante de la conversación. A muy grandes rasgos expuse en la entrada anterior el sentido del absoluto que orienta asumir la posibilidad de trascendencia desde una religión, pero solo por el lado de lo que tambalea esa noción. Hoy toca desenvolver el otro lado, bastante parcialmente pero con toda la buena intención de entender el asunto.
La religión correctamente asumida da a la persona un punto de anclaje bastante fuerte. Frente al típico individuo post moderno que ve cualquier atisbo de certeza flotar en la liquidez del absurdo, quien vive con alguna religión asume una verdad suficientemente fuerte como para nadar y navegar entre las turbulencias de la duda. Si esta convicción resulta suficientemente fuerte como para definir el camino de vida de una persona, como en este caso, la convicción de actuar obedeciendo designios realmente trascendentales genera a veces una sensación de pedante superioridad, o bien, una sincera preocupación por quienes tengan que enfrentar la vida con la alamarmante ligereza de quien intenta pasarla por encimita sin mayor reflexión. Porque una cosa es segura, y es que solo se puede evitar una buena parte de las angustias usuales si se suprime la capacidad de pensar en ellas. No sirve anular, reprimir o negar el problema de la reflexión, porque el hecho de presumir su existencia es suficiente para joderla toda. Frente a situaciones como la de hoy, resulta imposible negar el altruismo de quien deja patria y familia para cuidar y educar gente al otro lado del mundo.
Hace unos días hice un pequeño repaso de temas de filosofía para unos chicos que llevan el curso con ella, y me dijeron que no habían terminado de entender cómo es que el floro de esforzarse en vivir bien como comunidad era una cuestión filosófica densa más allá de una verdad de perogrullo. Les expliqué algo de las categorías de labor, trabajo y acción de Arendt y de como la condición de nacimiento y creación nos permite a nivel de sociedad subvertir la muerte individual. La monja me dio a intuir que el mismo espíritu de trascendencia y redención frente a la muerte lo que estructura la creencia en Jesucristo. Ahora que lo veo en retrospectiva, resulta extraño que enfocase el sentido de la cristiandad en función de la muerte, siendo lo usual que todas las representaciones cristianas de la muerte sirven para enfatizar la vida, y no viceversa. Pero esto podría ser sesgo mío.
Símbolos, símbolos para todos los gustos
Luego entró a colación el papa Francisco, y resulta que mientras que a todo el mundo le encanta que se presente bastante más sencillo y accesible que Benedicto, resulta que a la comunidad de religiosos no les termina de gustar por esto mismo. Y no por cuestiones tan vanas y egoistas como el hecho de tener que ceder privilegios y comodidades ante un ejemplo de austeridad, sino porque es el papa el que encarna en grado sumo la vida que todos los sacerdotes y monjas, y no son solo el estilo y las formas, sino el sentido mismo. Hacia fuera, un papa que hable de santos en jeans muestra una iglesia que quiere adaptarse al mundo de ahora. Me figuro que hacia dentro será un poco descomulgar con el sentido de vestir hábitos medievales tantos siglos después, no tanto con la estética en sí misma sino con los valores alrededor de esas formas, ya que el hecho de que la máxima cabeza ceda en ese punto desestructura un poco el esquema general. Y si el tema de la ropa es bastante banal (porque lo es, y no lo toqué con la monja), está debajo, como un mejor ejemplo, el discurso del papa Francisco. Simple y ligero como sermón de cura de parroquia frente a las espectativas de un público al interior de la iglesia que esperaba un discurso más nutríceo, les da la sensación de que hay algo que no termina de cuajar frente a la espectativa de quien tiene la verdad absoluta en las cuestiones teológicas más densas. De la misma forma, mientras que los adornos y toda la panafernalia de Benedicto eran símbolos de fortaleza al interior de una iglesia que se siente débil frente a un mundo cada vez más descreído y que cada vez acude menos a ella, para ese mundo descreido eran recordatorios del poder de una iglesia más distante. Supongo que de todas formas hubo en el discurso de la monja un guiño a mantener los signos de poder tal cual, pero qué sé yo, todo el mundo tiende a defender lo que los beneficia. Para este caso específico, la vida propia se orienta en función de aquello que el papa representa, tanto en la cuestión formal del estilo de vida como en la parte más interna de la fe que el mismo representa. La consagración de la vida a un ideal que tiene un prototipo de guía estructura, de alguna forma, parte de su sentido en la figura de dicho prototipo, y por ello el papa debía mantener, al menos para los religiosos, esa imagen imponente.
La imagen de una iglesia para los pobres que intenta contruir el papa Francisco también puede criticarse en función de los dos puntos expuestos, y es que, en la línea de la monja, la salvación, la trascendencia y el sentido de vida que otorga la religión no debería, en principio, ser un privilegio solo para los pobres. Claro que el balance entre un placebo para el pueblo y la receta de la vida plena ha demostrado ser una cuestión casi quimérica, pero ciñéndonos al sentido estricto de tracender, las características socioeconómicas de un grupo son irrelevantes. Recordé a los caviares realemente comprometidos y como no son tomados en serio por quienes se venden como realmente pobres y llamados a comprometerse mientras me hablaba del camello pasando por el ojo de una aguja.Si a la iglesia se le critica tener bienes y propiedades, esta se defiendi diciendo que es la única forma de hacer bien su labor. Dejando de lado el oro y las joyas, me inclinaré que esto puede funcionar como una apología para el caviar en el buen sentid.
Mi memoria es pésima y como ya han pasado dos días desde esta conversación, no recuerdo si hubo algún otro tema interesante que saliese a flote.

viernes, 2 de agosto de 2013

Tres formas de enfrentar la vida

Conclusiones rápidas anotadas a la volada andando a caballo a punto de desbarrancarme
1.- Contemplar la trascendencia en el plano físico e inmediato. Es decir, volcar el sentido de la vida en un ente (lo más sano es que sea otra persona, pero locos nunca han faltado). Si son los hijos, es también una forma de calmar el afán biológico por reproducirse. Si es la pareja, es la potencialidad de calmar ese afán. El problema de esta forma es que se presta a excesos porque, al supeditar el sentido de una vida a otra, el peligro de desdibujar la plena vivencia propia al instrumentalizarla para otra. No es que ello sea malo, por lo contrario, me resulta una forma extrañamente bella de enfocar el problema, es solo que el riesgo del desequilibrio es incluso más grande.
2.- Tener en mente la trascendencia espiritual, ya sea ultraterrenal como dicen los cristianos, o en forma de vida terrena, como buscan los budistas. La búsqueda permanente de la plenitud interna en función de un conjunto de creencias enfocadas en la promesa de la manutención de dicho estado da un norte más independiente que el supuesto anterior. El problema radica en que esto descansa en la fortaleza de dichas creencias, y para alguien que ha sido educada en la duda permanente, resulta difícil establecer algo tan grande sin cuestionarlo. Dicho cuestionamiento resulta útil y puede llegar incluso a fortalecer y enriquecer la creencia, pero también puede tambalearla y destruirla, y ahí volvemos a flotar sobre la nada.
3.- Abordar sanamente el absurdo. Los dos modos anteriores introducían, de alguna forma, la noción de un absoluto hacia el cual orientar la vida. Del otro lado, está la constatación de la inexistencia de dicho absoluto, y frente a este, el vacío. La pugna para asumir ese vacío es dolorosa desde el momento en el que se reconoce que no habrá algo que valide y garantice lo que se asume como trascendente. Naturalmente, este es el punto con más riesgos, pues frente al Absurdo están tanto el Absoluto y el Vacío, y si se rompe con el Absoluto, el Vacío se ve fortalecido. La enorme posibilidad de caer en el vacío es lo que asusta del absurdo. La gracia está en aprender a sentarse al borde del abismo y caminar por el absurdo, aceptando que la imposibilidad de trascender no es tan mala porque, en el fondo, es, de un lado, extremadamente excepcional hacerlo, y, del otro, funcionalmente innecesario.
La ataraxia, paz hippie, paz zen o como quiera decírsele a la sensación de calma que no desborda el pecho sino que lo purga de preocupaciones puede nutrirse de forma igual de ambas fuentes.