viernes, 2 de agosto de 2013

Tres formas de enfrentar la vida

Conclusiones rápidas anotadas a la volada andando a caballo a punto de desbarrancarme
1.- Contemplar la trascendencia en el plano físico e inmediato. Es decir, volcar el sentido de la vida en un ente (lo más sano es que sea otra persona, pero locos nunca han faltado). Si son los hijos, es también una forma de calmar el afán biológico por reproducirse. Si es la pareja, es la potencialidad de calmar ese afán. El problema de esta forma es que se presta a excesos porque, al supeditar el sentido de una vida a otra, el peligro de desdibujar la plena vivencia propia al instrumentalizarla para otra. No es que ello sea malo, por lo contrario, me resulta una forma extrañamente bella de enfocar el problema, es solo que el riesgo del desequilibrio es incluso más grande.
2.- Tener en mente la trascendencia espiritual, ya sea ultraterrenal como dicen los cristianos, o en forma de vida terrena, como buscan los budistas. La búsqueda permanente de la plenitud interna en función de un conjunto de creencias enfocadas en la promesa de la manutención de dicho estado da un norte más independiente que el supuesto anterior. El problema radica en que esto descansa en la fortaleza de dichas creencias, y para alguien que ha sido educada en la duda permanente, resulta difícil establecer algo tan grande sin cuestionarlo. Dicho cuestionamiento resulta útil y puede llegar incluso a fortalecer y enriquecer la creencia, pero también puede tambalearla y destruirla, y ahí volvemos a flotar sobre la nada.
3.- Abordar sanamente el absurdo. Los dos modos anteriores introducían, de alguna forma, la noción de un absoluto hacia el cual orientar la vida. Del otro lado, está la constatación de la inexistencia de dicho absoluto, y frente a este, el vacío. La pugna para asumir ese vacío es dolorosa desde el momento en el que se reconoce que no habrá algo que valide y garantice lo que se asume como trascendente. Naturalmente, este es el punto con más riesgos, pues frente al Absurdo están tanto el Absoluto y el Vacío, y si se rompe con el Absoluto, el Vacío se ve fortalecido. La enorme posibilidad de caer en el vacío es lo que asusta del absurdo. La gracia está en aprender a sentarse al borde del abismo y caminar por el absurdo, aceptando que la imposibilidad de trascender no es tan mala porque, en el fondo, es, de un lado, extremadamente excepcional hacerlo, y, del otro, funcionalmente innecesario.
La ataraxia, paz hippie, paz zen o como quiera decírsele a la sensación de calma que no desborda el pecho sino que lo purga de preocupaciones puede nutrirse de forma igual de ambas fuentes.

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