Hay once princesas de Disney, desde Blancanieves hasta Mérida. En el intervalo hay una suerte de camino hacia la emancipación femenina que me ha parecido bastante interesante, aunque salir a la calle y ver cuáles son las princesas que más se venden en mochilas, loncheras, stickers y cuadernos da qué pensar con respecto a cómo se va asimilando ese camino. Esta vez haré un recuento rápido de estas, las más populares, que coincidentemente son las cinco primeras.
Partamos desde el inicio. Las cinco primeras princesas son adaptaciones de cuentos tradicionales europeos, bastante fieles a las versiones originales salvo por los finales brutales, que son reemplazados por el final feliz y sin sangre. Las dos primeras, Blancanieves y la Cenicienta, son absolutamente pasivas con respecto a su vida, y no tienen más motor que la inercia. Las dos siguientes, Aurora, la bella durmiente, y Ariel, la sirenita, tienen una cierta iniciativa, pero toda la curiosidad que muestran es reprimida y al final las dos terminan igual que las anteriores, casadas con el príncipe y felices para siempre.
El cambio empieza con Bella, la que se queda con la bestia. Para empezar, el contexto: Bella y su padre viven en la Francia de finales del Ancien Régime. El papá es el científico loco que le ha enseñado a su hija a leer y cosas por el estilo, y le deja suficiente libertad de decidir ir prisionera con la bestia. Bella es la última de las princesas tradicionales, y la última europea hasta Rapunzel, que aparece veinte años después.
Las siguientes princesas ya no son blancas y hacen más por enrumbar sus vidas. De hecho, Pocahontas y Mulán incluso luchan por sus pueblos, Jazmín contra el orden social y Tiana, no menos, por sus metas personales. Y de paso se enamoran. El hecho de que las más vendidas sean las más tradicionales da qué pensar respecto al consumo de modelos. Las que más se venden siguen siendo las que representan roles de las que las siguientes princesas se emancipan, y se me ocurre que en una sociedad altamente pigmentocrática como la peruana tiene mucho que ver el color de la piel antes que lo que representa un modelo de feminidad. Al final de cuentas, son un par de ONGs y una bola de caviares los que hacen todas las campañas con respecto a la emancipación femenina; y son un puñado de dibujantes los que haga aparecer en sus historias alguna princesa inca o preinca, pero estos comics, de existir, no tienen ninguna resonacia. Así estamos.
El cambio empieza con Bella, la que se queda con la bestia. Para empezar, el contexto: Bella y su padre viven en la Francia de finales del Ancien Régime. El papá es el científico loco que le ha enseñado a su hija a leer y cosas por el estilo, y le deja suficiente libertad de decidir ir prisionera con la bestia. Bella es la última de las princesas tradicionales, y la última europea hasta Rapunzel, que aparece veinte años después.
Las siguientes princesas ya no son blancas y hacen más por enrumbar sus vidas. De hecho, Pocahontas y Mulán incluso luchan por sus pueblos, Jazmín contra el orden social y Tiana, no menos, por sus metas personales. Y de paso se enamoran. El hecho de que las más vendidas sean las más tradicionales da qué pensar respecto al consumo de modelos. Las que más se venden siguen siendo las que representan roles de las que las siguientes princesas se emancipan, y se me ocurre que en una sociedad altamente pigmentocrática como la peruana tiene mucho que ver el color de la piel antes que lo que representa un modelo de feminidad. Al final de cuentas, son un par de ONGs y una bola de caviares los que hacen todas las campañas con respecto a la emancipación femenina; y son un puñado de dibujantes los que haga aparecer en sus historias alguna princesa inca o preinca, pero estos comics, de existir, no tienen ninguna resonacia. Así estamos.
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