Su literatura se centra en la selva, con un gusto a costumbrismo, y abarca cuentos, novelas, poesía y ensayo. Podría tener similitudes con lo que fue el indigenismo para la sierra, pero un tema central es que no pretende caracterizar a un otro extraño, como vendría ser el indígena, sino que pretende retratar al propio, solo que ese propio resulta ser alguien de la selva. La selva, más omitida que ignorada en el discurso nacional, hace tiempo que urge de representación incluso al interior del discurso académico que se reconoce como el más pluralista e inclusivo en el mundo universitario, cuyo gran logro ha sido poner en boga las representaciones de la sierra andina y elevarlas a elemento de orgullo nacional con el que todo peruano debería identificarse. No tengo nada en contra de ello, pero si miramos al Perú desde cerca al mar, resulta que hay más país pasando la cordillera, pero ese trozo de país parece no importar más allá del Baguazo (a cuatro años y un día del evento, había que traerlo a colación, aún si son cada vez menos los que lo recuerdan).
Mi intención no es hacer de esta entrada una diatriba sobre esa marginación, sino desarrollar un poco la importancia de poner en valor la obra de Izquierdo Ríos. Más allá de su valor literario objetivo (si tal cosa existe), está la necesidad de que exista un discurso para la selva, uno que no solo represente nativos genéricos en taparrabos (bajo el nombre técnico de "indígenas amazónicos"), árboles y animales, sino uno que pueda fungir como vehículo de identidad para el sector urbano y rural no indígena, que es el que no está de moda para las ONGs con financiamiento extranjero. Una gran tara en el Perú es que el Estado y el discurso nacional se construyen desde Lima sin molestarse en mirar hacia el interior, y hay una infinidad de ejemplos que servirían para esto. La televisión nacional es la que se emite desde Lima, y sus malos noticieros inundan los televisores de todo el país como si a la gente solo la atropellasen en la Panamericana Norte. Para un niño que mira televisión todos los días, es más fácil saber de Lima que de su propia ciudad.
De forma más preocupante, ese patrón se repite en la currícula escolar, que para los cursos de historia solo recoge los hechos relevantes para Lima desde la colonia hasta Velasco, porque lo de los años ochenta todavía es tema delicado, y no hay más que un apartado mísero de algo de un mes en el que se puede enseñar a cada ciudad de provincia la fecha de su fundación española y, con suerte, quienes fueron los de las avenidas principales. Frente a esto, la persona promedio crece con un vacío conceptual respecto del sitio en el que está parado, y no por falencia propia. Esta carencia hace más simple para una persona alienarse, y tal como se señala en el video que pongo más abajo, supone un riesgo tremendo para la identidad colectiva e individual en cuestión.
Queda pendiente, como secuela de esta entrada, algo consistente sobre Izquierdo Ríos, pero eso será cuando haya leído suficiente al respecto.
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