martes, 22 de enero de 2013

Para qué se lee filosofía (un esbozo)

La pregunta ya ha sido masticada por todos los puntos imaginables, y no es mi intención recorrerlos al dedillo. Lo mío puede sonar más bien a un enfoque hippie de la cuestión, porque no voy a poner el énfasis de esto en el contenido de la filosofía en sí misma, sino en el sentido que puede tener en la vida el dedicar tiempo a algo sin utilidad práctica.
Ya el mismo Aristóteles decía que la filosofía, si bien era la ciencia más perfecta, no era práctica, y por el hecho de no servir a ningún fin ulterior era que se volvía valiosa en sí misma. Algo de dos mil años le han pasado encima a Aristóteles, pero este concepto se mantiene válido. No es necesario pelearse con el mundo para encerrarse a filosofar y llegar a la conclusión de que la vida contemporánea te fuerza a estar siempre apurado, te crea una compulsión por llenar cada tiempo y cada espacio vacío y, lo más duro, con las justas te deja tiempo de dormir lo suficiente. El tiempo se ha vuelto tan escaso que lo inútil, como ver en una enciclopedia por qué el cielo es azul, no tiene ningún sentido y, por ende, no merece tiempo.
Del otro lado, las críticas a la modernidad incluyen la automatización de las masas y la generación de individuos procedimentalistas que cumplan con el deber (en un sentido muy kantiano) independientemente de los contenidos de este. En esta línea, la optimización del tiempo es necesaria para evitar mayores desviaciones, lo cual no excluye a las actividades recreativas, sino a las actividades solitarias, dado que el grupo se dirige, mientras que la soledad se presta a la divagación. La filosofía en general es siempre, en grados distintos, un ejercicio de confrontación con los vacíos de turno más urgentes. No una evasión ni un intento de relleno, porque los vacíos se mantienen tal cual salvo gran cataclismo y los tratados filosóficos no revuelven el mundo demasiado.
El mérito está en la fe en la solución pero, sobre todo, en que al conocer el vacío, este deja de ser espantoso. Nos falta mucho para que la calma cotidiana deje de asustarnos. Quienes han crecido en ciudades grandes soportan tres días fuera del barullo habitual porque esos tres días se llenan de horas eternas y calman un rato, sosiegan luego, pero al final aburren. La quietud ha dejado de ser natural, el idilio pastoril de la literatura ha muerto hace rato, y yo intento sobrevivir al vórtice perdiendo el tiempo, pausando mi tiempo, con filosofía. La que sea, todo sirve. Nietzsche, Arendt o Taylor; o Kant o Platón o hasta Parménides, aunque sea para trabarse la lengua un rato. O por qué no, ensayar trabalenguas, hacer burbujas, ver estrellas. Cosas inútiles para no adormecerse y caer en un mundo que no te deja en paz.

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